3.3.12

Globo esconde escândalo Carlinhos Cachoeira

via Brasil 247

Globo esconde escândalo Carlinhos CachoeiraFoto: Reprodução

POLICIAIS VENDIDOS, O GOVERNO DE GOIÁS OCUPADO PELO CRIME E UM SENADOR MIMADO PELO BICHEIRO; NADA DISSO É NOTÍCIA NO MAIOR GRUPO DE COMUNICAÇÃO DO PAÍS; APENAS UM REGISTRO NO G1, UMA MATÉRIA PROTOCOLAR EM ÉPOCA E NENHUMA FALA NO JORNAL NACIONAL; O QUE ACONTECERIA SE OS AMIGOS DO BICHEIRO FOSSEM PETISTAS? É, PELO JEITO, O TAL PIG EXISTE MESMO

03 de Março de 2012 às 06:42
247 – Os leitores que nos acompanham, à esquerda e à direita, sabem que não somos os melhores amigos do blogueiro Paulo Henrique Amorim, responsável pela difusão da expressão PIG – Partido da Imprensa Golpista. Alguns sabem até que ele nos processará por termos noticiado, em primeira mão, que o titular do Conversa Afiada irá pagar R$ 30 mil ao também jornalista Heraldo Pereira, a quem chamou de “negro de alma branca”.
Filosoficamente, não nos consideramos parte do PIG nem do que os representantes da “imprensa golpista” chamam de JEGs – Jornalistas da Esgotosfera Governista. Mas o fato é que, vez por outra, passamos a crer que o PIG realmente existe. Quer uma prova? O incrível silêncio das Organizações Globo, maior grupo de comunicação do País, sobre a Operação Monte Carlo, que prendeu o bicheiro Carlinhos Cachoeira.
Bom, de fato, há uma matéria no G1, portal de notícias da Globo. Mas é preciso ter lupa para encontrá-la. O texto remete para uma reportagem de Época, com título anódino: “As ligações de Carlinhos Cachoeira com políticos”. Políticos, como se vê, é uma expressão como outra qualquer. Poderia ser, por exemplo, baleias. Nenhuma preocupação em dar, no título da matéria, nome aos bois, indicando o governador Marconi Perillo, do PSDB, e o senador Demóstenes Torres, do DEM. Será que seria assim se os amigos do peito do bicheiro fossem representantes da base governista ou, mais precisamente, do PT?
Temos nossas dúvidas. Na reportagem de Época, Demóstenes Torres é quase uma vítima do bicheiro, que o iludiu. "Pensei que ele havia abandonado a contravenção", disse ele (leia maisaqui). Marconi Perillo é outra vítima da quadrilha, embora tenha entregue a segurança pública -- repita-se, a SEGURANÇA PÚBLICA -- ao maior criminoso do estado.
O fato é que, em qualquer lugar do mundo, a descoberta de um esquema onde o maior mafioso de um estado, explorador de cassinos e caça-níqueis, nomeia os chefes da segurança pública, monta um esquema de espionagem e presenteia um senador moralista é notícia. Não dá para ignorar. O que explica esse comportamento? Será que o PIG existe mesmo?
Aguardemos as próximas aparições de Patrícia Poeta.

29.2.12

La Situación de Roberto González


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Comité Internacional por la Libertad de los 5 Cubanos 
      La Situación de Roberto González 
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Roberto en Coloquio
Rene and mom












Desde hace dos años, Roberto González, el querido hermano  de René,  brillante abogado del equipo de  la defensa,  está dando una  batalla colosal por la vida.
Lo está haciendo con la dignidad y la fuerza que caracteriza a Roberto y René. 

Tiene el amor de su esposa Sarita que lo acompaña permanentemente, de sus dos maravillosos hijos, de sus sufridos padres Irma y Cándido, de sus sobrinas  Irmita e Ivette, de todos sus familiares y de los muchísimos amigos que en esta batalla por la libertad de los Cinco lo hemos visto brillar durante todos estos años. 

Roberto y su esposa nos pidieron que les hagamos llegar su saludo y agradecimiento ante las muchas muestras de apoyo y cariño que reciben a diario, y  la certeza que seguirá luchando por la vida. 

A su disposición se ha puesto lo más avanzado de la medicina cubana. Pero a Roberto le falta algo importante, le falta el abrazo de su hermano mayor, le falta René. En circunstancias tan difíciles como las que atraviesa Roberto, la presencia de René tal vez sea una de las mejores medicinas que necesita hoy.
 

El abogado de René ha solicitado  que se le permita viajar  de inmediato a La Habana por dos semanas, para  acompañar a Roberto, sus padres y familia en momentos como estos.
 Lo que está solicitando su abogado es elemental, René ha permanecido por 13 largos años en prisión, ya cumplió su injusta condena y ha dado muestras suficientes del cumplimiento de su libertad supervisada durante estos 5 meses, donde persiste la prohibición a ser visitado por su esposa. 

Solo  se está pidiendo un poco  de humanidad, un alto al fuego, una tregua en medio de tanta crueldad, de tanto daño permanente, de tanto odio. Solo una pequeña tregua que mitigue el sufrimiento enorme de esta familia. René debe retornar a Cuba de inmediato.  Estados Unidos debe autorizarlo cuanto antes. 
 
Comité Internacional por la Libertad de los 5 Cubanos
 

 
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22.2.12

Agenda la Fecha: 5 Días por los 5 Cubanos en Washington D.C.


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Comité Internacional por la Libertad de los 5 Cubanos 
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5 Días por los 5 Cubanos en Washington D.C. 
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Obama Dame a los 5
Imagen creada por Marivi Rodriguez 
 

En este año crucial para los 5 Patriotas Cubanos necesitamos incrementar las acciones en la misma capital de los Estados Unidos.  El Comité Internacional por la Libertad de los 5 hace un llamado a todas las organizaciones solidarias y amigos dentro de los EEUU y en el mundo para apoyar la realización de "5 Días de acciones consecutivas por los 5".

Las jornadas de denuncia y solidaridad se llevarán a cabo del 17 al 21 de Abril en Washington D.C.
Entre ellas destacamos:       
  • Evento público con la participación de personalidades de EEUU y otros países;
  • Lobby y entrega de información a miembros del Congreso y el Senado de los EEUU;
  • Muestra de documentales en universidades y espacios públicos;
  • Contacto con los medios de comunicación;
  • Reunión con grupos religiosos de diferentes denominaciones; y
  • Mesas con información y actividades culturales.
Paralelamente se colocarán miles de carteles "Obama Give me Five" en puntos claves de la ciudad y se publicarán anuncios en distintos medios.    

PARTICIPE Y APOYE ESTAS ACCIONES PARA DAR A CONOCER EL CASO DE LOS 5 CUBANOS EN WASHINGTON D.C.  

Diferentes formas de participar y apoyar las acciones de 5 días por los 5 Cubanos:
  • Endosar las acciones enviando el nombre de su organización a info@thecuban5.org;
  • Participar en las acciones de Washington DC;
  • Enviar una donacion 
Muy pronto enviaremos la información detallada sobre cada actividad.
 

Comite Internacional por la Libertad de los 5 Cubanos 
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Relatórios confirmam que Alan Gross tentava introduzir material da CIA em Cuba

via Yahoo notícias em espanhol

Gross chega ao Tribunal de Justiça de Havana, em 5 de março de 2011,
conduzido por forças de segurança cubana

WASHINGTON (AP) — Pieza por pieza, en mochilas y maletines, el estadounidense Alan Gross se aseguró de introducir computadoras, teléfonos celulares, discos duros y equipos de telecomunicaciones en Cuba. El artículo más sensible, según los reportes oficiales de los viajes del contratista estadounidense, fue el último: un "chip" informático para teléfonos móviles que, según expertos, suele ser usado por la CIA y el Pentágono para evitar la detección electrónica de señales telefónicas.
El objetivo, según un análisis hecho por la AP de los reportes de Gross, era darle a la pequeña comunidad judía de Cuba acceso irrestricto a la internet.
El operativo fue financiado por la Agencia de Desarrollo Internacional, conocida como USAID por sus siglas en inglés, la entidad del gobierno estadounidense fundada en 1961 para proveer asistencia económica, humanitaria y de desarrollo alrededor del mundo en apoyo a los objetivos de la política exterior estadounidense. Gross, sin embargo, se identificó como miembro de un grupo judío humanitario y no como un representante del gobierno de Washington.
El presidente cubano Raúl Castro calificó a Gross de espía y el estadounidense fue sentenciado en marzo a 15 años de cárcel. Funcionarios norteamericanos insisten en que no hizo nada ilegal y que sólo efectuaba las funciones regulares de USAID.
Durante el juicio, Gross se declaró un "tonto inocente" que fue engañado. Pero los reportes de su viaje indican que él sabía que sus actividades eran ilegales y que temía las consecuencias, incluyendo la posible expulsión del país.
Uno de los documentos afirma que uno de los líderes comunitarios "dejó absolutamente claro que estamos 'jugando con fuego'''.
En otra ocasión Gross comentó: "No cabe duda, esto es un asunto muy riesgoso".
Y, finalmente: "La detección de señales de satélite sería algo catastrófico".
El caso ha agravado las tensiones entre Estados Unidos y Cuba, que ya llevan décadas, ha suscitado inquietudes sobre esos programas de asistencia para el desarrollo, y sobre si las actividades encubiertas deben ser territorio exclusivo de los agentes de inteligencia.
La empresa de Gross, JBDC Inc., que se especializa en establecer conexiones de internet en lugares remotos como Irak y Afganistán, había sido contratada por Development Alternatives Inc. (DAI), de Bethesda, Maryland, que había logrado un contrato multimillonario con USAID para romper el bloqueo informativo impuesto por el gobierno cubano, mediante "innovaciones tecnológicas como conexiones telefónicas, internet por satélite y telefonía celular".
Funcionarios de USAID revisaron los reportes oficiales de los viajes de Gross y fueron enterados periódicamente sobre el proceso, dijo el portavoz de DAI Steven O'Connor. Los reportes fueron suministrados a la AP por una persona enterada del caso que pidió no ser identificada debido a la sensibilidad de la información.
Los reportes abarcan cuatro visitas en un período de cinco meses en 2009. Otro reporte, redactado por un representante de la empresa de Gross, cubría su quinto y último viaje, que culminó con su arresto el 3 de diciembre de 2009.
En su conjunto, los documentos revelan todos los esfuerzos de Gross para evadir la detección de las autoridades cubanas.
A fin de evitar los registros aeroportuarios, Gross reclutó la ayuda de otros judíos estadounidenses para poder traer los equipos electrónicos, pieza por pieza. Dio instrucciones a sus ayudantes para que metieran los equipos, algunos de los cuales están prohibidos en Cuba, en el equipaje de mano en vez del equipaje de carga.
En una oportunidad, viajó en automóvil siete horas para no tener que pasar por la seguridad del aeropuerto.
En su último viaje, trajo una "discreta" tarjeta SIM — tarjeta electrónica de identificación de subscriptor — diseñada para evitar que una transmisión por teléfono satelital sea detectada.
El tipo de tarjeta SIM que llevaba Gross no se vende en el mercado y se facilita sólo a gobiernos, según un funcionario de una compañía de telefonía satelital y un ex funcionario de inteligencia estadounidense que ha utilizado ese tipo de chip. Los funcionarios, que hablaron a condición de anonimato debido a la sensibilidad de la información, dijeron que los chips usualmente son suministrados al Departamento de Defensa y a la CIA, pero pueden también ser obtenidos por el Departamento de Estado, que supervisa a USAID.
Preguntado sobre cómo Gross obtuvo la tarjeta, el vocero de USAID Drew Bailey solamente dijo que la agencia no desempeñó rol alguno en ayudar a Gross a obtener sus equipos. "Somos una agencia de desarrollo, no una agencia de inteligencia", dijo.
El gobierno comunista cubano considera todas las actividades de promoción de la democracia desempeñadas por USAID como ilegales y una amenaza a la seguridad nacional. USAID niega que alguna tarea suya sea clandestina.
El abogado estadounidense de Gross, Peter J. Kahn, se negó a formular comentarios pero en el pasado ha dicho que las actividades de Gross de ninguna manera buscaban socavar al gobierno cubano.
Los partidarios de un mayor acceso a la internet sostienen que puede debilitar a los gobiernos autoritarios que tratan de controlar el flujo de la información. Los críticos afirman que ello no sólo pone en peligro a contratistas como Gross sino a todos los trabajadores de asistencia de Estados Unidos, inclusive aquellos que no están involucrados en actividades secretas.
"Ocurre con demasiada frecuencia que la gente de USAID es percibida como agentes de inteligencia", comentó Philip Giraldi, un ex oficial de la CIA. "Eso perjudica a USAID, perjudica a la CIA y perjudica a cualquier otra agencia de inteligencia que debe operar debajo del radar".
Aun antes de entregar la tarjeta SIM, Gross reconoció en su reporte que el uso de teléfonos con conexión satelital de internet sería "problemático si se llegase a descubrir". Estaba consciente de que las autoridades estaban usando sofisticados equipos de detección y relató haber visto a empleados de la empresa estatal cubana de telecomunicaciones realizando un registro el día anterior al que debía establecer una operación inalámbrica Wi-Fi.
Diplomáticos estadounidenses dicen creer que Gross fue arrestado para presionar a la administración de Obama a derogar sus programas de promoción de la democracia. El gobierno cubano ha alegado, sin presentar evidencias, que los programas, financiados bajo una ley de 1996 que fomenta medidas para cambiar el régimen en Cuba, son administrados por la CIA como parte de un plan mayor para derrocar al gobierno de La Habana.
Aunque el gobierno estadounidense delinea en términos generales los objetivos de sus programas de asistencia en documentos públicamente disponibles, los programas no podrían funcionar en Cuba de una manera que no sea secreta, pues allí son considerados ilegales. Por razones de seguridad, las agencias estadounidenses se han negado a suministrar detalles operativos, incluso a comités del Congreso que monitorean esos programas.
"La razón por la cual hay menos transparencia en lo que se refiere a esos programas en países con gobiernos totalitarios es porque allí la gente ya está arriesgando sus vidas para ejercer sus derechos fundamentales", dijo Mauricio Claver-Carone, director de Cuba Democracy Advocates, una institución en Washington.
USAID rechaza la idea de que sus empleados realizan tareas clandestinas.
"Nada de los programas que USAID realiza en Cuba es clandestino o reservado en manera alguna", dijo Mark Lopes, un viceadministrador de la agencia. "Simplemente llevamos a cabo nuestras actividades de una manera discreta a fin de resguardar la seguridad de todos los involucrados".
La Ley de Seguridad Nacional de Estados Unidos define "encubierto" como toda actividad del gobierno destinada a influenciar las condiciones en otro país "de tal manera que la participación del Gobierno de los Estados Unidos no sea aparente o públicamente reconocida".
La actividad de USAID para la promoción de la democracia en Cuba fue estimulada por un fuerte aumento de la financiación bajo la administración Bush, y en una nueva estrategia que busca facilitarle tecnología de comunicaciones a los cubanos. El financiamiento estadounidense para programas relativos a Cuba aumentó de 3,5 millones de dólares en 2000 a 45 millones en el 2008. Actualmente ascienden a 20 millones de dólares.
Gross recibió medio millón de dólares como subcontratista de USAID, según fuentes estadounidenses conocedoras del contrato y que pidieron permanecer en el anonimato porque no tenían autorización para hablar del caso.
El director de USAID, Raj Shah, dijo que el fomento de la democracia es "absolutamente central" para el trabajo de su agencia. La administración Obama sostiene que sus programas en Cuba buscan ayudar a una población oprimida a ejercer sus derechos fundamentales mediante la ayuda humanitaria, el desarrollo democrático y el libre flujo de información.
Funcionarios estadounidenses insisten en que el trabajo de Gross no era subversivo porque sólo buscaba dar acceso a la internet a la comunidad judía, no a los disidentes. Los líderes judíos dicen que no estaban al tanto de los vínculos de Gross con el gobierno estadounidense y que ya tenían acceso a la internet, aunque limitado. USAID no ha aclarado porque creía que la comunidad judía cubana necesitaba una tecnología tan sofisticada.
Preguntado sobre si tales programas tenían la intención de derrocar al gobierno cubano, Lopes dijo "para USAID, nuestros programas de fomento a la democracia en Cuba no son sobre cambiar un régimen en particular. Eso es decisión del pueblo cubano, y creemos que ellos merecen tener esa opción".
Otros discrepan.
"Por supuesto, esto es una actividad encubierta", dijo Robert Pastor, asesor de asuntos latinoamericanos durante el gobierno de Jimmy Carter y actualmente director de Centro para la Democracia y Elecciones de la American University en Washington. "Se trata de buscar un cambio de régimen".
Oriundo de Potomac, Maryland, Gross era un hombre sociable de 62 años, unos dos metros (seis pies) de alto y de 113 kilos (250 libras). Era inconfundible. Había comprado un programa Rosetta Stone de aprendizaje de idiomas para mejorar su español y poseía escasos conocimientos sobre Cuba. Pero sabía mucho sobre tecnología. Su empresa se especializaba en instalar equipos de comunicación en lugares remotos del mundo.
El primer viaje de Gross para DAI, que concluyó en abril del 2009, se centró en introducir equipos en la isla y establecer el primero de tres centros con acceso irrestricto a la internet para la diminuta comunidad judía de Cuba, que suma unas 1.500 personas.
Para introducir los equipos, Gross recurrió a grupos humanitarios norteamericanos que cumplían misiones en la isla. Viajó con esos grupos y le pidió a distintos individuos que llevaran las piezas, según los reportes de viajes.
Tres personas conocedoras de las tareas de Gross dicen que él le dijo a sus contactos en Cuba que estaba ahí representando a una organización judía, no al gobierno estadounidense. USAID dice que ahora le pide a la gente que realiza sus misiones que revele su financiamiento por parte del gobierno estadounidense a la gente que recibe la ayuda, si le preguntan.
Uno de los reportes de Gross parece indicar que él se presentó como miembro de uno de esos grupos y que viajó con ellos de tal manera que pueda interceder con las autoridades cubanas si surgían suspicacias.
Sus ayudantes debían llevar artefactos separados en su equipaje de mano. De esa manera, escribió Gross, cualquier pregunta podría ser respondida en el proceso de rayos X en el puesto de seguridad, y no en la casilla de aduanas. El material era luego entregado a Gross en su hotel en La Habana, según los reportes de viajes.
Desde hace tiempo USAID ha pedido de los visitantes a Cuba que introduzcan material prohibido en la isla, como libros y radios onda corta, dijeron funcionarios estadounidenses enterados del programa. Y funcionarios de USAID han admitido en interpelaciones legislativas que han empleado a contratistas para llevar programas computacionales que permitan enviar material codificado por internet, según participantes de las reuniones.
Una alarma sonó en uno de los viajes de Gross cuando uno de sus acompañantes intentó salir del terminal aéreo; el acompañante había colocado el artículo — un artefacto que puede extender el rango de una red inalámbrica — en su equipaje de carga.
Gross intervino, asegurando que el artefacto era para su uso personal y que no era un disco duro de computadora ni un radio.
Según los reportes de viajes, los agentes de aduana intentaron cobrar 100% del valor del objeto como arancel, pero Gross logró regatear un poco y se le permitió salir del aeropuerto con el equipo.
"Ese día, más valió ser afortunado que inteligente", escribió Gross.
Gran parte del equipo que Gross traía es legal en Cuba, pero el volumen de la carga podría darle a las autoridades cubanas una pista de cuál era la intención del estadounidense.
En la lista de su cuarto viaje, bajo "Equipo total", dice que había 12 iPods, 11 teléfonos BlackBerry Curve, tres MacBooks, seis discos externos de 500 gigabytes, tres teléfonos satélites vía internet conocidos como BGANs, tres enrutadores, tres controles, 18 módulos inalámbricos, 13 barras de memoria, tres teléfonos para hacer llamadas por internet y varios interruptores. Algunas piezas, como los equipos para redes y para comunicaciones satelitales, están expresamente prohibidos en Cuba.
Gross escribió que metió los BGANs en una mochila. Había aspirado a engañar a los agentes de aduana colocando cinta adhesiva encima de las marcas de los equipos: "Hughes", el fabricante e "Inmarsat", la empresa que provee el servicio de comunicación satelital vía internet.
Los BGANs eran cruciales porque no solamente facilitan acceso a la internet por satélite sino además una señal que puede servir a varios usuarios de manera inalámbrica. La ventaja de ello es que la comunicación va directamente al satélite, sin pasar por los servidores controlados por el gobierno.
Siempre había la posibilidad de ser descubierto.
El año pasado, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado preguntó sobre la posibilidad de que misiones clandestinas estén siendo usadas en algunos de los programas humanitarios estadounidenses, y de que las autoridades cubanas hayan infiltrado algunos de ellos.
"La posible infiltración por parte de los servicios de contraespionaje es un riesgo conocido en Cuba", dijo el Departamento de Estado en una respuesta por escrito a preguntas de la AP. "Quienes desempeñan nuestras labores están conscientes de ese riesgo".
El primer viaje de Gross a Cuba culminó a comienzos de abril de 2009 con el establecimiento de un centro de comunicaciones en La Habana.
Regresó poco tiempo después, se quedó unos 10 días mientras se establecía otro centro en Santiago, la segunda ciudad más grande de Cuba.
En su tercer viaje, de dos semanas y ocurrido en junio de 2009, Gross viajó a una ciudad en el centro de la isla, Camagüey, según un funcionario del gobierno estadounidense. Alquiló un automóvil en La Habana y manejó por siete horas, en lugar de tener que someterse a revisiones en el aeropuerto.
Gross escribió que los BGANs no debían ser usados fuera de La Habana, donde existen suficientes radios y ondas radiales como para ocultar las emisiones.
El reporte para el cuarto viaje de Gross, que concluyó ese agosto, fue catalogado como el final y resumía sus éxitos: el establecimiento de redes inalámbricas en tres comunidades; unos 325 usuarios; "las comunicaciones desde y hacia Estados Unidos han mejorado y se están usando de una manera regular". Nuevamente se llega a la conclusión de que "es una misión sumamente riesgosa".
A Gross no le hubiera ocurrido nada si hubiese parado allí.
Pero a fines de noviembre de 2009, regresó a Cuba por quinta vez. Esta vez no volvió. Fue arrestado 11 días después.
Un reporte adicional fue redactado posteriormente, con membrete de la empresa de Gross. Fue preparado con la asistencia de DAI, la empresa que mandó a Gross a Cuba, con el objetivo de cumplir con el requisito contractual de suministrar un resumen de su trabajo, a fin de cancelar todas las facturas relevantes, de acuerdo con funcionarios conocedores del documento.
El reporte afirma que Gross deseaba mejorar la seguridad en el centro de comunicaciones instalado en La Habana mediante la instalación de "una tarjeta sin alternativa" en el equipo satelital.
La tarjeta permitiría que la señal del BGAN pasara desapercibida al transmitirse al satélite, dificultando la detección del artefacto.
El documento concluye que la seguridad en el lugar fue afianzada.
No queda claro cómo DAI logró confirmar el trabajo de Gross para el reporte final aunque un documento, que también presenta el membrete de la compañía de Gross, establece que un representante de Gross contactó a la comunidad judía cubana cinco veces después de su arresto.
En una declaración durante su juicio, Gross se declaró inocente y ofreció disculpas.
"Nunca he hecho algo, ni lo haría ni lo haré, en lo personal o en lo profesional, para socavar a un gobierno", dijo. "Me arrepiento profundamente por ser un tonto inocente, fui engañado, me usaron".
En una entrevista con la AP, su esposa, Judy, culpó a DAI, la empresa que envió a Gross a Cuba, por no decirle a él toda la verdad sobre los riesgos. El vocero de DAI O'Connor dijo en una declaración que Gross "diseñó, propuso e implementó esta tarea" para la compañía.
Entretanto, Gross permanece en un hospital militar y penitenciario en Cuba. Su familia denuncia que ha perdido unos 45 kilos (100 libras) y teme por su salud. Todos los intentos diplomáticos para lograr su libertad han fracasado y no hay indicios de que Cuba aceptará los pedidos de dejarlo en libertad por razones humanitarias.
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15.2.12

Pedrito Toj: historia de un niño que quiso parecerse al Che.



por Percy Francisco Alvarado Godoy via Descubriendo verdades

(Cuento aparecido en "Cuando los dioses se volvieron hombres", Editorial Abril. La Habana, 2005)


Tener doce años de edad, para Pedro Toj, no es cuestión importante. Llegar a ser un niño más, de los confabulados sin timidez con la imaginación y la inocencia, nunca ha sido un privilegio por allí, tal vez porque la infancia se pierde a fuerza de chocar con las piedras que uno encuentra en el camino de su vida. Desde muy temprano conoció el trabajo duro, junto a sus mayores, para ganar el sustento. No fue tan sólo por cuidar ovejas todo el día, apenas se asomaba el sol, sino porque en su aldea, como en muchos de los caseríos del país, no hay escuela para los niños indígenas, ni parques para jugar, ni sueños para poseer cuando muere la tarde. Las escuelas y los doctores están muy lejos, allá en las ciudades, y tal vez en alguna aldea más importante. Por eso, la única opción para él ha sido trabajar como un hombre y dejar olvidadas, en amarga resignación, las ilusiones y la ficción ilimitada de la niñez.

El mundo de Pedro se ha reducido siempre a eso: a cuidar las pocas ovejas de la familia y a trabajar muy duro, tratando de hacer crecer también la milpa, allá en Xiquin Sanai, una aldea cakchiquel situada en Comalapa, Chimaltenango. De las ovejas vive su familia y de sembrar maíz de tierra fría, ese de granos morados y prolijos que sirve para hacer tortillas.

Sólo los domingos Pedro no trabaja la tierra junto a su padre, ni cuida de las ovejas. Cada domingo acompaña a su familia hasta la iglesia de la aldea, hecha de adobe y pajas como el resto de las edificaciones. Ese día todos se colocan sus atuendos tradicionales que los identifican del resto de las otras etnias del país. Los hombres se visten de negro, con pantalones cortos y camisas bordadas en rojo. Las mujeres, por el contrario, se ponen vistosos huipiles (1) de color verde. Todos, sin distinción, usan caites (2) para los pies. Si acaso hace mucho frío, entonces se ponen un kapishai, un abrigo hecho de lana, blanco como una nube y ribeteado en negro. La pobreza y la marginación han heredado sus propios colores en Guatemala. Allí sucede así, porque hasta la tristeza tiene también, irremediablemente, su propio color.

Luego de la misa, hay mercado en la pequeña plaza de la aldea. De los alrededores viene la gente vendiendo sus productos. Allí se oferta todo: frijoles, guineos, frutas, canastos; hasta mucha comida se vende allí cada domingo. De la ciudad también viene gente a ofrecer cosas de plástico, machetes, azadones y cortes de tela. Por ello, para Pedro, cada domingo es significativo. Puede pasar un buen rato escuchando a algunos músicos locales y comiendo lo mismo tamales de chipilín, (3) tostadas, carnitas o atole de elote. Algunos mayores comen y toman guaro. Entre alcohol y risas se les pasan las horas. Así es cada domingo, como un descanso, como un respiro y, por qué no, como una forma de transportarse a una breve mueca de la felicidad.

Por las noches, para espantar el frío, se sentaba Pedro con su abuelo, y el resto de la familia, alrededor de una fogata. Allí conoció el niño muchas historias sobre sus antepasados, cuando los hombres hablaban con los animales y la vida era mejor para las gentes de por allí. Por el viejo conoció también que hubo dioses buenos y diestros en ayudar a la gente ofreciéndoles la lluvia y el pasto verde; dioses capaces de levantar la milpa como un gigante sobre la tierra, toda ella invadida de promisorios granos dorados. Había dioses malos también, murmuraba su abuelo, pero nunca esos dioses fueron tan malos como algunos hombres acostumbrados a matar a los demás. Esos dioses causaban tormentas, cataclismos y otras desgracias, es cierto, pero muchas veces se contentaban con asustar y exigir respeto de los humanos. Si mataban a alguien, lo hacían desde lejos. Los hombres malos, sin embargo, no son así. Esos llegan a las aldeas y matan cara a cara, despiadadamente. Lo hacen sólo por placer, como si al hacerlo se reencontraran con la bestia que llevan dentro de sí.

Después, cuando el cansancio se apoderaba de todos y el humo de la leña quemándose les enrojecía los ojos, se iban a dormir dentro de la casa de adobe, iluminada débilmente por alguna astilla de ocote(4) a la que el fuego devoraba con deleite. El frío, entonces, se les metía sin piedad por la carne, cual si fuera un cuchillo, y los hacía temblar hasta el amanecer. Así pasaban toda la noche, acostados sobre tapescos hechos de palo y petates de mimbre, protegidos por chamarras de lana hechas por ellos, intentando vanamente, la mayoría de las veces, evadirse de las bajas temperaturas del altiplano.

Pedro tenía un solo amigo, un perro pulgoso que encontró perdido en el monte y cargando un hambre de varios días debajo de la piel. El niño le dio de comer y le puso un nombre. De esta forma lo convirtió en su compañero de todas las horas del día y de la noche. En pago por este afecto, y tal vez por huir de su propia soledad, siempre estaba Lucho junto a él, compartiendo solidariamente sus anhelos y correrías. A veces se sentaba Pedro a hablar con el animal y a contarle sus sueños de niño. En otras ocasiones, su confesor corría a su lado persiguiendo a algún objeto imaginario al que nunca podrían atrapar. Así era de simple su vida, así de simple como los cosas en Comalapa.

A cada rato Pedro se acostaba en la hierba verde para mirar el cielo, para observar también aquellas nubes que parecían estar hechas de lana y leche. El y Lucho, los dos solos, pasaban largo tiempo contemplando aquellas enormes figuras blancas colgando en lo alto, adivinando en ellas alguna forma conocida. Las nubes, para complacerlos, les sugerían la forma de una gallina, de un caballo, de alguna oveja conocida o de alguna cosa común en sus vidas.

‘¡Ésta se parece a vos, Lucho!’gritaba con alegría, mientras su fiel amigo ladraba y movía su delgada cola hacia cualquier lado.

Para el niño la respuesta era simple: Dios había puesto a las nubes allá arriba para recordarle a los hombres que se debía ser bueno con las ovejas y con todos los animales. Había que tratarlos bien, pues de ellos obtenemos lo necesario para vivir: rica carne y lana para vestirnos.

De esta forma transcurría su vida, pletórica de cosas cotidianas y sin sorpresas trascendentes. Así se mantuvo todo hasta que una vez vio pasar a unos hombres y mujeres uniformados de verde olivo. Iban caminando rápido, como tratando de no ser notados por cualquier poblador de la zona. Así de apresurados andaban, semejando sombras corriendo por la espesura. Llevaban armas y mochilas; también harto cansancio llevaban, y Pedro entonces no tuvo duda: eran guerrilleros, de esos que andan luchando contra el ejército en las montañas. El niño quiso esconderse, pero no tuvo tiempo para hacerlo. Una guerrillera muy joven le hizo señas con la mano y lo conminó a acercarse. Al principio, el niño tuvo mucho miedo y temió lo peor. Pensó, muy dentro de sí, que esa gente lo mataría. Sin embargo, cuando observó a la joven ofrecerle una sonrisa, se le fue quitando el temor y se sintió más calmado.

- ¿Cómo te llamas, patojo? - le preguntó la muchacha mientras le regalaba otra sonrisa y un poco de dulce de mazapán.

- Me llamo Pedro, señora - le respondió respetuoso.

- ¿Cuántos años tenés, vos Pedro?

- Doce, señora. Sólo doce tengo.

- ¿Has visto soldados por aquí o a gente de las PAC?

- A nadie he visto por aquí. Sólo a mis ovejas y a Lucho he visto por aquí - dijo Pedro más tranquilo.

- ¿Quién es ese Lucho? - inquirió la guerrillera, adoptando cierto aire de suspicacia.

- Es mi perro, señora.

Ante la inusitada respuesta del niño, la joven no pudo reprimir una carcajada. Ésta fue imitada espontáneamente por los demás, quienes se fueron sentando sobre la hierba húmeda y acolchada. Pedro se quedó callado, sin comprender qué divertía a esos señores, pero sospechándose fruto de sus guasas. Cuando los guerrilleros vieron la sorpresa en su cara, algunos lo invitaron sentarse. Bajo la sombra de un árbol comieron y descansaron un rato. La joven, asumiendo un aire maternal que le nacía muy adentro, se dirigió entonces al niño, con amabilidad:

- Me llamo Amanda y estamos de pasada por aquí. ¿Vos sabés quiénes somos?

- Militares no son de seguro. Ustedes visten distinto y son amables. Los soldados siempre andan con mala cara por ahí, amenazando a los pobladores. La gente les tiene miedo porque llegan de repente a matar y a robar las cosas en las comunidades. Así de malos son esos hombres.

- Es cierto, patojo, somos guerrilleros del EGP, del frente “Augusto César Sandino”. Estamos luchando para acabar con la vida de perros a que está condenada nuestra gente. Luchamos para tener la tierra para nosotros, los pobres, los encargados de trabajarla durante tanto tiempo.

- Mi papá dice que ustedes luchan por nosotros, pero lo dice siempre en voz baja y cuando está seguro de que no hay “orejas” (5) en la aldea. Él no quiere hablar de eso, pues vienen los de las PAC y ahí mismo lo matan a uno. Todos tenemos miedo del ejército, mucho miedo. Por eso mi tata no dice su manera de pensar sobre ellos. Se calla para poder vivir, aunque le duela su corazón.

- No tengas cuidado, pues todo eso acabará alguna vez - dijo ella muy segura, como si estuviera convencida de eso. Luego continuó: - Van a llegar mejores tiempos para la gente, pero hay que luchar mucho para lograrlo.

Un rato después se fueron los guerrilleros de la misma forma silenciosa como habían llegado. Amanda le solicitó a Pedro no decir que los había visto pasar por allí, y el niño prometió guardar el secreto. Sólo a su papá le diría, a nadie más.

Esa noche le comentó a su progenitor sobre su encuentro con los guerrilleros. Lo hizo cuando los demás estaban durmiendo dentro de la casa, cuando nadie más podría oír su secreto, ni siquiera el tecolote (6) que se para todas las noches allá afuera, sobre la rama de los árboles. Tan sólo la noche oscura y unas brillantes estrellas los vieron conversar en silencio afuera de la choza. Por supuesto, nadie más supo de lo que hablaron. A pesar de su corta edad, Pedro sabía ya una verdad: un verdadero secreto es sólo aquel compartido con uno mismo o sólo con alguien más. Palabras entre tres, pensó, ya no son un secreto.

- Mire, mijo, no le diga a nadie sobre su encuentro con ellos. Sobre esas cosas es mejor estar callado. Hay mucha gente mala por aquí y por ganarse unos centavos son capaces de fregar hasta a su propia madre.

- No se preocupe, tata, yo no hablaré sobre la Amanda y los demás. A nadie diré que los vi por aquí.
Su padre lo miró de repente y el niño le vio en los ojos un brillo inexplicable. Algo en ellos navegaba empujado por el reflejo de la luna. Entonces su progenitor se sacó muy de adentro la curiosidad:

- ¿Y eran muchos? … Le pregunto sólo por metiche que soy.

- Como treinta eran, tata. Con ellos estaba la Amanda, que dis que ellos luchan por nosotros, para cambiarlo todo.

- Eso es cierto, mijo. Eso es cierto… Ahora usted debe irse a dormir y tenga la boca cerrada. ¿Me entiende? Mañana hay que trabajar mucho.

- Está bien, tata.

A partir de ese día, Pedro se iba siempre al mismo lado para ver si volvía a encontrarse con la Amanda y a sus compañeros. Cada vez que Lucho se ponía a ladrar, el niño especulaba sobre el regreso de sus amigos. Sin darse cuenta, como sucede con los buenos sentimientos, le iba naciendo un gran afecto por aquella gente de conversar suave y bonito; aquella gente de mirada limpia y sin odio, que parece hablar con el corazón. Sin embargo, no volvió a encontrarse con ellos.

Matanza en una aldea en Guatemala
Un domingo, como los tantos que suceden allí, Pedro llevó a las ovejas a pastar. Era allá por 1982, cuando el ejército había empezado su política de tierra arrasada. Era un domingo de ese año cuando su padre había enfermado de repente y sólo él y su abuelo mantenían la casa a duras penas. Toda la mañana se la pasó Pedro junto a Lucho cuidando de las ovejas. Cuando el hambre ya le hacía cosquillas en el estómago, emprendió el regreso hacia el caserío, pensando en comerse varios tamales de chipilín que tanto le gustaban. Estaba deseoso por llegar a la aldea y juntarse entre la gente en el mercado, averiguar qué estaban vendiendo y escuchar a los músicos de siempre, sorpresas permanentes de cada feriado.

No bien se acercó a la aldea, escuchó unas detonaciones muy parecidas a los truenos anunciadores de una tormenta. Su corazón de niño se quiso salir del susto. Corrió hacia el caserío, desesperado. Las piernas le temblaban y un sabor amargo se le metió en la boca. Pasado un rato pudo ver bien lo que ocurría. Toda la gente estaba tirada en la plaza, llena de sangre. Tuvo aún tiempo para ver cómo dos de las PAC violaban a una muchacha no mayor de los catorce años. La tenían tirada en el suelo y allí le hacían de todo. Luego, cuando se cansaron de abusar de ella, le cortaron la cabeza con un machete.

Varios soldados jalaban a los muertos hacia el frente de la iglesia. Allí los estaban quemando a todos. El olor a carne quemada se le metió en la nariz provocándole náuseas. Pudo ver con sus ojos cómo la muerte no distinguía a los hombres de las mujeres y los niños. A todos los pudo ver bien muertos, destrozados, cortados en pedazos. Luego los fueron llevando hasta el pozo de la aldea. A los que aún respiraban, les pegaban con un palo en la cabeza y los tiraban adentro del negro agujero. Así los fueron matando hasta que no quedó alguien vivo.

Ante este cuadro aterrador, temió por los suyos. Trató de acercarse hasta su casa para saber de ellos. Desde la milpa cercana pudo ver el cuerpo de su progenitor tirado frente a la casa. Le faltaba la cabeza a su padre. Sus dos hermanos pequeños estaban abandonados, sin vida, bajo el árbol de jocotes en donde siempre jugaban por las tardes. Al Juanito le faltaba un brazo, el mero brazo derecho se lo habían cortado. Ni a su abuelo, ni a su madre, pudo distinguir en el dantesco cuadro que aparecía ante sus ojos. Sin embargo, supuso cuál habría sido su destino. Entonces el niño comprendió la necesidad de marcharse de allí, de esa aldea en la que no habría ya casas, ni familias, ni domingos de fiestas. No esperó más y, con un agudo dolor partiéndole el pecho, salió corriendo entre la milpa para escapar de tanta muerte. Mientras corría fue encontrando más cadáveres. Casi chocó con el cuerpo de la Josefina, su prima. Como estaba embarazada, la abrieron toda y le sacaron al niño. Allí estaba tirada la criatura, a su lado, toda llena de sangre como su mamá. No tuvo la menor duda de que los persiguieron, hasta afuera de la aldea, para matarlos.

Así de malos fueron los de las PAC ese domingo, así de malos como todos los días. No les importó el enfermo ni el niño, ni las mujeres tampoco les importaron. Machete puro con ellos hasta hacerlos pedazos, hasta destruirlos para siempre. Cuando acabaron de matar, se fueron bien borrachos. Envenenados de sangre y alcohol. Y, al marcharse, se llevaron las cosas de valor. Los animales, herramientas y la poca comida que encontraron, se las llevaron de allí. Entonces todo se quedó solo, muerto como la propia gente. Sólo un sabor a sangre en la tierra y una tristeza grande en las casas quemadas y sin gente, fue lo quedó de su Xiquín Sanay.

El niño estuvo corriendo sin saber adónde dirigirse. Todo el día escondiéndose y encontrando gente muerta. Todo el día sin poder detenerse para llorar su dolor y tanta ausencia recibida de golpe. Supo que la existencia ya no sería igual para él. Estaba solo en la vida, igual a como encontró a Lucho un tiempo antes y lo convirtiera en su único amigo. La desesperación y la incertidumbre guiaron sus pasos esa tarde, sumiéndolo en un doloroso deambular sin destino y sin bitácora.

Cuando el sol estaba muriendo como la gente de su aldea, Pedro regresó con mucho cuidado. Todo estaba tranquilo. Sólo a Lucho encontró caminando triste por la aldea, vagando desesperado como él.
Comprobó que todas las casas fueron quemadas, la iglesia también fue quemada y pudo encontrar algunos cadáveres calcinados entre los restos humeantes. Ya no había vida allí, ni risas, ni palabras. Sólo una sombra quedó de su aldea querida, sólo una mueca dolorosa quedó de ella, clavada muy adentro de su memoria y de su corazón de niño.

Se dirigió entonces a su casa. Luego de varios intentos, pudo reunir los cadáveres de sus seres queridos y enterrarlos debajo de un enorme jocotero. No podía ni llorar del dolor, ni tampoco lo intentó. Una tristeza grande se le metió en la sangre y se le hizo silencio en las venas. No hizo falta alguien para explicarle que aquel ya no era su lugar. Él lo supo por sí solo, sin que la luna enorme y plateada conversara con él; Xiquín Sanay, la aldea vacía y sin vida a partir de ahora, nunca más volvería a ser su hogar. Por eso se marchó acompañado por la oscuridad y Lucho se fue con él; detrás de él se fue su amigo, lo único que le quedaba del pasado.

No sabe Pedro cuántas leguas caminó sin detenerse. Fueron largas noches y días de andar y andar por el monte con su tristeza a cuestas, llevando su dolor hacia la Sierra de Chamá. Así las fuerzas le abandonaron debajo de unos pinares y se sumió en un profundo letargo. Su pequeño cuerpo, sucio y lleno de sangre, se quedó olvidado en las estribaciones de la montaña. Ni él ni Lucho podían ya con el dolor y el cansancio y se rindieron a él con impotencia. Toda la tarde y toda la noche las pasaron los dos durmiendo. Toda la noche entera, hasta sentir que lo sacudían. Pedro se levantó dando un grito, preocupado, pensando que los de la PAC los habían descubierto. Allí mismo se creyó muerto, acabado para siempre. Su corazón como se le paró de un golpe.

Cuando el miedo ya devoraba las carnes del niño, cerca de las tres de la madrugada, apareció entre las sombras una figura fantasmagórica. No quiso verla. El corazón le tembló con terror y sus ojos se llenaron de lágrimas. Creía que la muerte venía a buscarlo para llevárselo lejos de allí, a un lugar de esos en donde uno ya no aparece jamás. Entonces cerró los ojos aún más, como buscando en las sombras de uno mismo un poco de sosiego y de calma. No sabía realmente si esa monstruosa figura era parte de la realidad de la que huía o parte de una pesadilla a la que entraba, indefenso, a causa del agotamiento y la soledad, del sueño y la evasión.

Un enorme quetzal se paró sobre unas piedras humedecidas por el rocío, mostrando, orondo, su color verde plateado bajo la luz de la luna. Había en el rostro del pájaro una mueca de dolor traído desde siempre, desde allá donde los hombres no recuerdan que una vez existieron felices, sin otra gloria que vivir libres y sin penas. Del pico del animal salió una voz temblorosa y lejana.

- ¿Acaso lloras por tu libertad, muchacho?

No hubo respuesta por parte del niño. Sólo nuevas lágrimas buscaron su cauce en las mejillas sucias, heridas por el abandono y el dolor. Entonces, como temiendo un castigo divino, cerró los ojos nuevamente con desesperación, sin atreverse a abrirlos.

- No temas, - volvió a decir la voz, pero ahora más cálida y cercana - entiendo lo que sufres en estos momentos. A mí también me ha dolido perder a la gente que quiero.

- ¿Quién eres tú? ¿Acaso un fantasma que viene a llevarme? - preguntó aún atemorizado.

- No vengo a hacerte daño. Los quetzales no hacemos daño a nadie.

- ¿Qué quieres, entonces?

- Me preocupó verte llorar de esa manera y que estuvieras tan solo en la noche.

- ¿Y por qué tú también andas triste en la noche, si no eres un fantasma? - preguntó el niño con un poco más de confianza, y comenzando a mostrar la permanente curiosidad infantil.

- Mi historia es mucho más larga que la tuya. Tú estás aquí, abandonado, desde hace poco tiempo. Yo, sin embargo, llevo muchos siglos buscando mi libertad.

- ¿Pero no dicen que los quetzales se mueren si no son libres? ¿Cómo es posible que tú lleves tanto tiempo buscando la tuya?

- No soy un simple quetzal, muchacho. Nuestros indígenas pensaban que cada hombre tenía un nahual de compañía, es decir, su vida estaba unida a la de un animal. Si el animal o el hombre morían, su nahual o él morían también sin poder evitarse. Una vez me convertí en el nahual de un hombre especial. Me vi unido a él por esa fuerza poderosa que unía nuestras vidas y nos hacía inseparables. Se llamaba Tecum Umán y era jefe de los quichés. ¿Has oído hablar de él?

- Sí, de él me conversaron mis abuelos.

- ¿Y qué te han dicho sobre este hombre?

- Me dijeron que murió pelando contra los españoles y fue un héroe de nuestra gente. ¿No es cierto?

- Es así como te lo dijeron. Él murió combatiendo contra las tropas de don Pedro de Alvarado. Esa tarde que sucedieron las cosas, yo estaba cerca de allí. Una lanza manejada por don Pedro le atravesó el pecho y lo mató.

- ¿Entonces, si eras su nahual, por qué no moriste con él?

- No sé, muchacho. Realmente no lo sé. Cuando él murió, sentí que yo también moría y caí sobre su pecho ensangrentado. Desde ese día también mi pecho parece como inundado de una sangre roja. Después volé hacia los bosques invadido de mucha tristeza y busqué los lugares más despoblados y lejanos para esconderme. Así he vivido todo este tiempo. Tal vez sea porque Tecum Umán no se murió del todo ese día y vive todavía buscando la libertad. Mientras tanto, ando triste y solo por todos los lugares posibles. ¿Te das cuenta por qué nos encontramos esta noche tan lejos de la gente?

- Sí, ahora lo comprendo. Le dio tristeza el verme abandonado y solo. ¿No es cierto?

- Así fue, muchacho… Algún día él y yo nos volveremos a juntar. Tal vez sea cuando logremos ver libres a nuestras gentes y no ocurran las cosas que pasaron en tu aldea.

- ¿ Y yo, no tendré también un nahual alguna vez?

- Sí, tú tendrás también tu nahual. La vida los hará juntarse a los dos cuando menos te lo imagines.

- Yo ya tengo a Lucho conmigo. A lo mejor él es mi nahual. y todavía no lo había averiguado.

- Es posible, patojo, pero eso lo sabrás más adelante.

Entonces el niño lo miró detenidamente, sin esconder en sus ojos una oleada de ternura y solidaridad. De su garganta, sin evitarlo, escaparon las palabras:

- ¿Podré, acaso, tenerlo a usted como nahual?

- ¿Por qué no, hijo? Siempre que luches por la libertad de tus gentes, andaré contigo. ¡No lo olvides! - terminó por decirle mientras emprendía el vuelo hacia el bosque, dejando al niño lleno de desasosiego, pero aferrado a una naciente esperanza.

Un rato después, cuando logró despabilarse totalmente bajo la muda presencia de un cielo inundado de estrellas, se encontró con la mirada inquisitiva de un joven indígena vestido de verde, igual que Amanda y sus amigos guerrilleros. Entonces sintió mucha calma en su corazón y una sensación de tranquilidad le invadió el pecho.

- ¿Qué hacés por aquí, patojo? - le preguntó el joven guerrillero, embargado de curiosidad.

- Soy de Xiquin Sanai - murmuró entre sollozos -, los del ejército asesinaron a todos por allá … Yo me pude escapar de allí… Sólo Lucho y yo nos salvamos.

No le hizo falta decir más palabras. Estaban de sobra para que su interlocutor supiera lo sucedido en su aldea. Muchas veces el joven guerrillero había visto las secuelas de los ataques militares a las comunidades indígenas. Su propia familia había pasado por eso, toda la gente de su propia aldea también había muerto masacrada. Entonces, desde lo más íntimo de su corazón, le nació una gran solidaridad hacia el niño, tal vez porque se vio retratado a sí mismo, como ocurrió aquella vez, solo y desamparado, luego de la incursión del ejército por su aldea en San Martín Jilotepequez.

- ¿Y no tenés familia? - preguntó, sin ocultar la tristeza en la voz.

- Ya no tengo a nadie para vivir. Ni casa ni familia tengo ya, por eso mi corazón está triste - se lamentó el niño, dejando escapar un largo suspiro en el que se iba, irremediablemente todo su dolor.

- ¿Y por qué te subiste a la montaña? - le preguntó el guerrillero, apenado, adivinando la respuesta con anticipación.

- Estoy buscando a la Amanda. Yo platiqué una vez con ella y me dijo que ustedes luchan contra el ejército. Yo quiero unirme a ustedes para luchar contra ellos.

- ¿Pero no ves que vos sos muy patojo para pelear?

- No somos tan patojos cuando nos matan los del ejército. Ya puedo luchar para vengar a mi gente. Los del ejército me mataron lo patojo que era yo. Ahora ya me siento un hombre viejo - dijo con seguridad.

Luego se fueron caminando, acompañados por Lucho, hasta el campamento. Pedro iba muy callado, adolorido, mordido por la pena. Sabía que si encontraba a la Amanda, a aquella muchacha de ojos tiernos y voz suave como la de un arroyo, ella le dejaría quedarse con los compas. Allí hallaría familia, allí podría estar con su gente para no sentirse tan solo como estaba. Así pensaba Pedro cuando un sol tímido aparecía detrás de las montañas y el suave olor de las flores le invadía, como una premonición.

Un rato después llegaron los tres al campamento guerrillero. Varias personas salieron, curiosas, a su encuentro. Una sola mirada fue suficiente para que adivinaran lo sucedido. En el rostro del niño vieron su propio dolor y el mismo con el que llegaron, alguna vez, hasta allá para incorporarse, con el corazón roto y la sangre pidiendo venganza. Muchos lo habían hecho como él lo estaba haciendo ahora. Todos lo sabían.
Apenas lo vio, la Amanda corrió hasta él y lo abrazó, como suele hacerlo una hermana mayor. Sólo entonces Pedro pudo llorar por sus doce años desgajados para siempre; sólo ahora podía llorar por su niñez rota y destruida. Sólo en el pecho amigo pudo llorar su desgracia y la de toda su aldea.

- Mirá, vos Amanda, yo quiero quedarme con ustedes - pudo decir entre sollozos cuando logró calmarse un poco.

- Pierde cuidado, patojo, yo hablaré con el jefe de la compañía para que te deje quedarte. ¡Ahora sécate esas lágrimas, pues no me gusta verte triste!

Un rato después, Amanda lo llevó ante Gil y Facundo. El primero era el jefe de la compañía. Indígena ixil, oriundo de Chimaltenango, usaba anteojos y lo distinguía un fino bigote sobre la boca.. Facundo, por su parte, era ladino (7), alto y de complexión fuerte. Usaba una barba que contrastaba con su pelo castaño. Era el político de ese grupo. Ambos tenían alrededor de los treinta años de edad.

El primero en dirigirle la palabra fue Facundo:

- La Amanda nos contó lo que le pasó a la gente de tu aldea. Realmente esos asesinos no tienen alma - dijo con pesar. Luego continuó: - . Quiero que sepas que tu padre fue un activo colaborador nuestro. Gracias a él, y a otros de la aldea, pudimos conocer los movimientos de las tropas por aquí. Ellos nos ayudaron mucho con comida en los momentos difíciles. Varias veces yo hablé con tu padre y lo estimaba mucho. Fue un hombre bueno y debes estar orgulloso de él. ¿Tú sabías que él tenía tratos con nosotros?

- No - dijo el niño -, no lo sabía. Él era muy callado para sus cosas.

- Ya he platicado con Gil, nuestro jefe - continuó Facundo - , y hemos decidido que te quedes con nosotros. Luego te buscaremos algo qué hacer.

- Yo puedo pelear, señor. Si ustedes me dan un arma, yo lucho contra esos soldados.

- Tendrás la oportunidad de luchar con un arma, pero primero debes aprender otras cosas más importantes - expresó mientras le pasaba la mano por los sucios y desordenados cabellos. Y esgrimiendo una acogedora sonrisa, continuó: - ¿Tú sabes, acaso, leer y escribir?

- No, señor - respondió Pedro con cansancio.

- ¿Te das cuenta? - le dijo, mientras le apuntaba con un dedo en señal de reproche - .Hay cosas más importantes que pensar en matar. Una de ellas es saber leer y escribir. Yo mismo te iré enseñando de cuando en cuando. De nada sirve disparar si no se sabe por qué uno lo hace. Otro problema es tu perro. Nosotros no los aceptamos porque es muy peligroso tenerlos aquí. De repente se ponen a ladrar y puede denunciar nuestra posición. Tendrás que deshacerte de Lucho.

Las palabras de Facundo sacudieron el corazón al niño. Lucho era lo único que le quedaba como recuerdo de su aldea y no quería separarse de él. Sobre sus ojos apareció una negra nube de desasosiego.

- Pero Lucho no ladrará, señor - dijo en tono de súplica. Y mirando fijamente a su interlocutor, agregó: - Él será un buen guerrillero como yo. Se lo prometo. Él es lo único que me queda y estaré muy triste sin él.

- Bueno, le daremos una oportunidad también a Lucho, pero debes tener claro que a la primera que haga, se va del campamento. ¿De acuerdo?

- Está bien, señor - dijo Pedro sin poder esconder su alegría. De pronto su rostro se le iluminó con una sonrisa, pero era una sonrisa triste, como esas que le salen a uno desde lo más hondo del dolor.

- Puedes irte ahora. Es importante que te bañes y te comas algo. Amanda se encargará de ti - le ordenó Facundo.

Transcurrido un tiempo, luego de bañarse en un arroyo cercano, de los que bajan juguetones por la montaña, y de comer un poco de tortillas y frijoles, Pedro se sentó bajo un gran árbol y le dijo a Lucho como advirtiéndole:

- Mirá, vos Lucho, ya oíste lo que nos dijo el Facundo. Te van a dejar aquí por pura prueba. Yo sé que vos querés ser un buen guerrillero. Por eso no podés estar ladrando por ahí. Vos tenés que estar siempre bien callado. ¿Entendés?

El perro lo miró con aire de culpa, suponiéndose regañado, y sólo atinó a bajar la cabeza con vergüenza.
El niño confiaba en él. No tenía la menor duda sobre eso. Lucho había visto la muerte de cerca y ello lo había golpeado. Hasta los perros sienten, pensó muy adentro de su alma. Por eso Lucho se portará bien. No hay duda alguna, se dijo como si estuviera seguro de su amigo.

Un rato después se paseaba con Lucho por el campamento. Cerca de treinta guerrilleros se dedicaban a diversas tareas. Todos estaban vestidos de verde olivo y usando botas de hule. Cada uno tenía un arma cerca de sí, de la que no se apartaba para nada. Había M - 16, Galils y G - 3. Uno para cada uno. Así fue conociendo a todos. Muchos eran indígenas como él y le ofrecían la misma mirada solidaria de la Amanda, aunque en sus ojos podía descubrirse la misma tristeza milenaria de siempre.

Los días fueron transcurriendo y Pedro se sintió como en familia. Unas veces se sentaba a platicar con la Amanda y con la Diana. Otras veces se iba de recorrido con alguno de los pelotones que dirigían Randy, Paco y Soto. Y con este Soto pasaba la mayor parte del día, atado a un naciente sentimiento de simpatía. A pesar de ser bien tímido y hablar poco, Pedro lo buscaba con frecuencia. Era bien alto el Soto y parecía gracioso con ese chivo que sobresalía en su mentón. Le gustaba platicar con él sobre cómo era la vida de su aldea, sobre aquellos domingos de fiesta y sobre su predilección por los tamales de chipilín. Los recuerdos le venían al alma cuando platicaba con el Soto, doliéndole, pero cada vez más resignado a dejarlos atrás. El tiempo mata la pena, le decía su abuelo, y él tenía claro que la suya debía desaparecer un día.

Con Facundo se sentaba también a cada rato. Le gustaba mucho escucharlo cuando le explicaba por qué luchaban los guerrilleros. Y el niño se embelesaba, sin poder evitarlo, con su hablar bonito; con su forma peculiar de llegarle a uno al mero corazón.

Un día, cuando menos lo esperaba, Facundo le regaló un lápiz y un cuaderno. Su nuevo amigo le enseñó a escribir su nombre por primera vez, y para Pedro fue como descubrir una parte desconocida del mundo; entonces, sin poder evitarlo, lo disfrutó con una amplia sonrisa. También aprendió a escribir las tres letras de los guerrilleros: EGP. Por Facundo supo que querían decir Ejército Guerrillero de los Pobres, el ejército de los eternos explotados de su Patria y, ahora, aspirantes a una definitiva libertad.

Gracias a Facundo conoció también la vida del hombre cuya imagen identificaba a la bandera de la organización, el Che Guevara. Por él supo que había sido guerrillero, al igual que ellos, y murió peleando por los pobres del mundo. De él hablaba el Facundo con mucho respeto, como se habla de los padres y los dioses. Y pensó el niño, impresionado enormemente, que sería muy lindo ser como el Che; dedicarse uno todo a los pobres y luchar por ellos sin cansarse. En el corazón del niño, pues, surgió la inevitable premonición, incapaz de decirse con palabras y que vive muy quedo en el corazón: él sería así, como Gil y como Facundo, como los compas con los que vivía. Entonces, tal vez, se ganaría el derecho a tener su propio nahuatl y a ser digno de los suyos.

Una tarde lo mandó a buscar Gil para platicarle sobre una tarea, la primera que se le asignaría. El mando de la compañía había decidido usarlo como correo. A partir de ese momento sería el enlace entre el campamento y los cuadros locales de la zona. También llevaría mensajes a otras compañías de la guerrilla y al Frente “Ho Chi Ming”, ubicado en el Quiché, a cinco días de camino por la montaña. La alegría rebozó el corazón del niño: al fin, se dijo, él y Lucho empezarían a ser útiles. Ahora sí podía decirse que los dos eran guerrilleros de verdad. Así lo sintió Pedro Toj muy adentro de su alma y no lo ocultó a los demás cuando comenzó a correr por todo el campamento, preso de frenética alegría. Lucho, sin imaginarse el motivo, corría junto al niño como si fuera su propia sombra.

Su primer tarea consistió en llevar un importante documento hasta el Frente “Ho Chi Ming”, para entregárselo directamente a Sebastián, el jefe del mismo. Gil le insistió que debía ir por la montaña hasta Nebaj, en el Quiché, y buscar el destacamento guerrillero asentado en esa zona. Lo importante, le ordenó su jefe, era tener cuidado de no toparse con el ejército. Luego de hablar largo rato con Amanda y de quedarse dormido en su hamaca, la noche lo envolvió con una profunda oscuridad llena de augurios.

Al día siguiente salió Pedro, bien temprano, acompañado por su inseparable Lucho. Llevaba el importante documento, debidamente enmascarado, dentro de una lata de leche condensada. Este escondrijo evitaba que pudiera ser descubierto por el ejército si lo capturaban. No llevó consigo el niño algo que indicara sus vínculos con los guerrilleros. Sólo las mismas cosas que trajo cuando llegó al campamento. Sólo eso y un poco de tortillas y frijoles parados para vencer el hambre durante la larga caminata.

Los días de camino fueron quedando atrás. Por suerte no se encontró con los militares en el prolongado trayecto. Cuando el niño veía a alguien venir, se ocultaba junto a su perro, agazapados entre la espesura para no ser vistos. Sólo a campesinos vio en las aldeas por donde pasó. Sólo gente como él, en los que no despertaba la menor sospecha. Cuando llegaba la noche, se quedaba a dormir, acurrucado junto a Lucho, bajo el albergue protector de un árbol.

Al fin llegó hasta Nebaj y encontró a la gente del “Ho Chi Ming”. Allí hizo entrega del mensaje, tal como se le había orientado. Apenas descansó una noche, tiempo suficiente para reponer las energías gastadas, y emprendió el camino de retorno hacia la compañía. Como no llevaba algo comprometedor, se atrevió a andar por los caminos, sin ocultarse como antes. Lucho lo seguía con la lengua afuera y soportando estoicamente el cansancio sin ladrar ni quejarse. Para Pedro era muy estimulante saber que había podido cumplir la misión sin contratiempo. Por eso iba alegre por el camino, marcando el paso despreocupadamente. Casi llegando a su destino, se enteró que los militares andaban por allí. Sin pensarlo dos veces, se escabulló hasta donde éstos estaban apostados, con la intención de llevarle a Gil la mayor información posible. Eran casi cerca de cien los uniformados y estaban acantonados en una de las estribaciones de la montaña, como a unas diez leguas de donde había dejado el campamento. Todos iban bien armados y tenían incluso un jeep con ametralladoras.

No esperó más y emprendió la ruta hacia el campamento. Era importante avisar a los compas sobre la presencia del ejército cerca de allí. No habían pasado dos horas de camino cuando se encontró con los guerrilleros que vigilaban uno de los accesos. De inmediato buscó a Gil y a Facundo para informarles acerca de la amenaza potencial que sobre ellos se erguía no muy lejos de allí. Ambos hombres se sorprendieron por la valentía del niño y lo despidieron con sendas sonrisas.

Un rato después todos se movilizaban para emprender la marcha. Había que moverse de allí lo más pronto posible. Cuando los militares llegaran al lugar, si se atrevían a hacerlo, sólo encontrarían un espacio vacío. Todos los de la compañía caminaron cerca de ocho horas y no se sorprendieron al ver caer la noche sobre la montaña. Sólo entonces descansaron y comieron. Cada uno tendió su hamaca y se protegió con un hule de la inusual llovizna que empezó a caer. Para Pedro, cansado por el esfuerzo realizado en esos días, la marcha fue realmente agotadora. Él y Lucho quedaron dormidos como piedras. Amanda los tapó con una chamarra para que pudieran soportar el frío de la noche.

Cuando Pedro se despertó, tenía sobre sí a Lucho, bien apretado a su cuerpo, como parte indivisible de su anatomía. Entonces, cuando no había logrado despabilarse, se sorprendió de encontrarse con las miradas de Gil y de Facundo, ambos parados junto a él.

- ¿Cómo te sientes? - le preguntó el Comisario Político.

- Algo cansado, pero bien - murmuró en voz baja - . Le cumplí lo que me ordenó.

- Lo sé, Pedro, lo sé - respondió el jefe de la compañía - . También queremos agradecerte por avisarnos a tiempo sobre la cercanía del ejército. Gracias a eso no tuvimos problemas.

- ¿Entonces ya soy guerrillero? - preguntó el niño, sin ocultar un vivo entusiasmo.

- Si, ya eres de la tropa - respondió, lacónico, el jefe de la compañía.

- ¿Y … Lucho?

- También él fue muy valiente - dijo Gil, asumiendo un aire solemne - . Se puede quedar con nosotros siempre que se mantenga callado.

- ¿Y me darán un arma para pelear?

- El Alan te dará una pistola, pero sólo cuando estés con nosotros. Si te vas de correo, tenés que andar sin armas. ¿Está claro?

- Está bien - dijo el niño con el corazón inflamado por la alegría.

Así se estuvo Pedro durante varias semanas, unido a la compañía como uno más. Así combatió una vez al ejército en la zona de operaciones, cuando tuvo que bajar con el pelotón de Randy e ir hasta una aldea a reunirse con un grupo de colaboradores del lugar. Ese día se peleó duro contra cerca de cien militares, todos bien armados y entrenados. Por primera vez Pedro experimentó estar en un combate y conoció de cerca el valor de los suyos. Prácticamente, entre una lluvia de balas, fueron derrotando al enemigo. Cuando no les quedó más remedio que retirarse, se marcharon rápidamente del lugar. De todos, Pedro era el más feliz. Ya se sentía verdadero guerrillero y por eso estaba orgulloso. Se sentía como el hombre que estaba pintado en la bandera del EGP, como el Che, y eso lo conmovió en el fondo de su alma. Así de macho era ese Che, se dijo, y así me siento ahora.

Poco tiempo después, lo llamó el Gil para darle otra tarea. Debía visitar una aldea de la zona para contactar a uno de los cuadros locales. La tarea era sencilla: decirle al compañero que debía presentarse en el campamento al día siguiente. Sólo eso.

Bien temprano salió el niño junto a su inseparable Lucho. Fue bajando montaña entre los pinos y los robles por más de tres horas. No bien le quedaba un poco de camino para llegar hasta la aldea, notó que Lucho paraba las orejas y comenzaba a gruñir. No tuvo tiempo de escaparse, de un recodo del camino salieron como seis soldados apuntándole con sus armas. Detrás de ellos venían varios de las PAC.

- ¿Qué hacés vos por aquí? - le preguntó un sargento que comandaba a la tropa.

- Estaba paseando con mi perro, señor - respondió el niño aparentando humildad.

- ¿Y no has visto guerrilleros comunistas por aquí?

- No he visto, señor. A ninguno de ellos he visto por aquí.

- ¿No serás vos uno de ellos? - preguntó receloso; esta vez apuntándole con el Galil, como para asustarlo.

- No, señor - respondió el niño, sin aparentar miedo.

Fue entonces cuando el Lucho no aguantó más y se le tiró al sargento. Éste dio un salto hacia atrás, asustado, mientras uno de los soldados le disparaba al perro. Lucho cayó al suelo sacudiéndose continuamente por los estertores de agonía. Pedro, entonces se abalanzó sobre el soldado, descargando sus puños sobre el pecho de éste mientras lloraba. Un culatazo lo derribó sobre la tierra reseca.

- Este cabrón es un guerrillero - sentenció el sargento - . Hay que llevarlo a los de la inteligencia para que lo interroguen.

Mientras lo trasladaban, casi arrastrándolo y recibiendo frecuentes golpes, escucho el disparo que acababa con la vida de Lucho, su inseparable compañero, su amigo fiel de tantas desgracias y, hasta hace poco, recientes esperanzas. La muerte le había arrancado, de repente, a lo último que le quedaba de Xiquin Sanai. Con Lucho, sin imaginárselo, perdía también la poca niñez que conservaba, intacta, en su corazón.

Un rato después estaba tirado al costado de un camino. Un grupo de soldados se acercó a él, mirándolo con odio en los ojos. No había ya ternura en sus miradas, sólo odio y la secuela inconfundible del alcohol. De ellos recibió varias patadas y culatazos.

Después que se fueron sus agresores y lo dejaron solo, Pedro comprendió el cercano fin de su vida. Bien amarrado estaba para que no se escapara y no tenía la menor posibilidad de escapar de sus aprehensores. Entonces Pedro pensó en lo que vendría. Esos desgraciados harían todo lo posible para hacer de él un delator. Y temió, sin poder evitarlo, ante la perspectiva de no resistir a la tortura. Pensó que a puro golpe tratarían de sacarle la verdad. Entonces vinieron a su mente todos aquellos convertidos en sus camaradas de combate: el Gil, el Facundo y la Amanda. Recordó también a aquel hombre pintado en la bandera del EGP, capaz de morir como un puro macho, y al que debe honrarse cada día ante el enemigo y ante uno mismo. Y le vino también, doloroso e imborrable, todo el recuerdo de Xiquin Sanai. Supo, pues, que no podía traicionar a los suyos y quebrarse. Y tomó la decisión. La de no hablar, la de no delatar a sus compañeros.

Cuando comprobó que el soldado designado para vigilarle dormitaba a pocos metros de él, colocó la lengua entre sus dientes y la fue apretando con éstos. No le importó el dolor, ni que la boca se le fuera inundando de una sangre tibia y pegajosa. Siguió apretándola, hasta sentir que la misma se desprendía de su lugar y caía sobre la tierra. Y no pudo entonces soportar el dolor y se vio sumergido en una oscuridad a la que se abandonó sin fuerzas.

Desmadejado sobre la tierra y con el pecho ensangrentado, como un quetzal malherido, despojado de su nahualt y de la esperanza, quedó Pedro a un costado del camino. Así lo encontró su entretenido carcelero cuando otros soldados fueron a buscarlo para ser interrogado. Así lo vieron todos, lleno de sangre y acurrucado; víctima de las más crueles premoniciones del destino.

A rastras lo condujeron ante el oficial S- 2, quien ya se preparaba para interrogar al “temible” guerrillero. Y cuando éste oficial comprobó que el niño no hablaría, se sintió invadido por una rabia incontrolable.

- ¡Cómo permitieron que esto pasara, hijos de puta! - exclamó delante de sus nerviosos subordinados - . ¿No se dan cuenta que este cabrón ya no nos sirve para nada?

Se acercó entonces a Pedro y le miró fijamente a los ojos, como si quisiera arrebatar de ellos las palabras que no podrían salir de los labios del niño. Sin embargo, sólo odio encontró en ellos. Odio y una gran dignidad.

- ¡Mátenlo! ¡Maten a ese desgraciado! Me le cortan la cabeza, la ponen en un palo y lo dejan allá donde lo encontraron. Así servirá de escarmiento para todos aquellos que le colaboran a los guerrilleros - sentenció iracundo mientras propinaba una patada al indefenso niño.

Y así se hizo. Tal como el teniente Flores lo había ordenado. La cabeza de Pedro quedó ensartada en un palo. Y cerca de él, el cuerpo ensangrentado de Lucho. Así los encontraron después los guerrilleros, sus propios compañeros. Y no se sorprendieron al ver, en los ojos abiertos del niño, un permanente brillo de esperanza. Tampoco se sorprendieron de ver sobrevolando a un enorme quetzal sobre la inerte cabeza. Supieron entonces la verdad sobre lo ocurrido: Pedro Toj, aquel niño de doce años, murió como el hombre retratado en la bandera del EGP, sin hablar, sin decir nada, como mueren los hombres. Así de real fue lo sucedido. Así ocurrió allá en Chimaltenango, donde los dioses mayas andan todavía entre los hombres reclamado su derecho a seguir existiendo y donde, al fin, un niño se ganó el derecho a tener su propio nahualt.

(1) Huipiles: tipo de vestido.
(2) Caite: zapatilla rústica hecha de cuero.
(3) Chipilín: hoja comestible.
(4) Ocote: madera resinosa.
(5) Orejas: delatores.
(6) Tecolote: lechuza.